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Soy rica, estoy buena y me aburro mucho. Con esta combinación no se me podía ocurrir otra cosa que contratarme a un sirviente, sí, como las señoronas de hace un par de siglos. No me satisfacía la idea de contratar a una empleada de hogar, yo quería a un mayordomo, una cosa de alto standing.

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Pero no lo quería solo para que me trajese el té ni para que pasar el plumero. En realidad lo quería para que me hiciera un buen servicio sexual cuando me apeteciese.

Mi marido pasa de mí y casi nunca está en casa. Echo de menos las sesiones de sexo duro en el dormitorio, que las paredes tiemblen, disfrutar de un buen orgasmo femenino y no tenerlo que fingir cuando de uvas a peras viene el señor de la casa a yacer en mi lecho.

No tenía muy claro cómo buscar a mi candidato. Me imaginaba que con la crisis económica actual no me faltarían candidatos, pero yo quería a alguien que por un lado fuera elegante y no un muerto de hambre, y que por otro tuviera un buen cuerpo y sobre todo una herramienta de trabajo que satisficiera mi coño peludo. ¿Y cómo averiguar tal cosa? Los mayordomos normalmente no ponen en su currículo el tamaño de su pene

Al final tuve que optar por la opción de ser valiente y directa. Y tuve muchísima suerte, porque el primer candidato fue con el que me quedé finalmente. En la entrevista abordé primero las formalidades, las cuestiones de etiqueta, remuneración, cosas que esperaba yo de él a nivel de tareas del hogar…

Y después pasé a insinuar abiertamente que como señora con ciertas carencias afectivas y conyugales necesitaba que de cuando en cuando el mayordomo hiciera valer sus dotes como hombre para satisfacer mis deseos…

(Continuará mañana)

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