(Segunda parte del relato erótico sobre abogadas porno que presentamos hace unos días en el blog de Sexo Servicio):

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Aunque los presentes en la sala se escandalizaron ante la descarada propuesta de ese hombre, cuando se bajó los pantalones y apuntó con la verga a la abogada de su esposa, la puerta cerrada de la sala y una especie de morbo por el secreto compartido acabó motivando más de un suspiro contenido.

La abogada se soltó la melena y algún botón de la blusa. El resto ocurrió muy rápido, ante la perplejidad de la mojigata a la que estaba defendiendo.

El hombre acusado de carecer de virilidad suficiente para cumplir con los deberes del matrimonio civil se la metió hasta el fondo a la irritante abogada, que ahora era una máquina ardiente de placer. Cómo se nota que se había mojado mientras declaraban en este juicio absurdo para anular un matrimonio que a nadie interesaba.

Uno de los jueces se desabrochó los pantalones y comenzó a masturbarse bajo la mesa, aunque nadie estaba pendiente de él. La jueza se mordió los labios y sus manos se acabaron deslizando por debajo de la toga.

La mojigata virgen atendía perpleja a la escena con la amarga sensación de que sus planes de anulación de matrimonio se esfumaban, aunque lo que más sentía era envidia por cómo la estaba follando su marido, algo que ella nunca habían conseguido.

follando en el juzgado

—¿Cómo lo ve, señoría? —le dijo a la jueza el hombre que se suponía que era impotente—, ¿cree usted que soy incapaz de follar?

En respuesta, la jueza bajó y se acercó con el ceño fruncido, como si fuera a reprenderle, a abofetearle o a llamar al agente de policía que esperaba fuera. Pero en lugar de eso dejó a la vista unas impresionantes tetas rosadas y un culo maravilloso recorrido por unas braguitas de encaje muy fino.

—Me encantan las chicas con culos grandes —dijo él, y acto seguido dejó a la abogada a medias y se recreó en el sexo anal con la jueza hasta correrse dentro sin que nadie se enterase, porque estaba dispuesto a follarse después a todos los de la sala, hasta a su mujer si hacía falta.

Pero su abogado ya estaba dando buena cuenta de la frígida de su mujer, que al parecer no era tan frígida ni tan mojigata, a juzgar por los gritos que daba mientras la follaban a cuatro patas sobre uno de los estrados.

En fin, a lo mejor hoy se había salvado un matrimonio…

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