pollas negrasEstaba muy borracha. Era la excusa que le puse a mi novio. No sé si me perdonará algún día, espero que sí. Lo cierto es que no repetiría la experiencia, pero tampoco me arrepiento por haber salido esa noche con mis amigas y haberme emborrachado tanto. Al fin y al cabo, tuve el mejor sexo anal de mi vida.

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Lo que sucedió flota en mi mente como envuelto en una nube de vapor, no recuerdo bien los detalles, qué pasó para que de la discoteca pasase a esa casa. Sí que recuerdo un pasillo oscuro, un edificio antiguo, como de puticlub, y esas pollas negras delante de mí.

Es verdad que no recuerdo bien los detalles, pero sí las sensaciones, las tengo grabadas en mi piel, y aún me estremezco cuando lo evoco, me entra ese cosquilleo entre los muslos que pone duro mi clítoris y hace que moje las braguitas.

Sexo gratis a mi costa… No puedo decir que me forzasen a hacer nada que no quisiera, pero se aprovecharon un poco de que iba borracha. Mis amigas estaban por allí, creo, las escuchaba reír, creo que vi a una de ellas quitarse el sujetador y tumbarse en un sofá… No lo sé con exactitud.

La primera polla negra se puso dura en mis narices y me la ofrecieron. Al principio me resistí un poco, pero después, al tocarla, sentí que palpitaba y que crecía, y eso me excitó y me la metí en la boca, aunque en parte me dejé llevar, no sé, creo que temblaba, tenía miedo, no sabía dónde me había metido ni que querían esos dos tíos de mí.

Eran muy altos, con un vientre muy liso. No eran muy musculosos, pero recuerdo que tenían un cuerpazo, y unos penes muy grandes. Yo seguía ebria, me movía como si no tuviese consistencia alguna, como si fuera un gas, y ellos me ponían de diferentes formas. Algunas me resultaban incómodas, pero pronto encontramos una que a mí me puso muy caliente. Entonces recuerdo que el adormecimiento general se me pasó un poco y que comencé a tocarme el sexo cada vez con más avidez.

Esa enorme polla cambiaba con naturalidad de un sitio al otro, y sin comerlo ni beberlo me estaban dando por el culo. Lo mejor es que otra vez me levantaron como si no pesara nada, me pusieron en otra posición, y al mareo por tanto movimiento se sumó el placer que crecía en mi interior, en todo mi cuerpo. La penetracion doble comenzó sin que yo apenas me diese cuenta, hasta que era demasiado tarde y me hicieron gritar de placer. Dios, creía que nunca iban a parar, pero aunque me dolía me tenían inmovilizada del gusto, con la mente en blanco; mi mirada se perdió en el techo, y floté, floté otra vez, como ida.

No voy a contar dónde desperté luego ni la escenita que me montó mi novio más tarde, solo puedo decir que fue una experiencia inolvidable. ¡Qué paradójico resulta que apenas pueda recordarla!

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